El teniente Dan

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¿Has visto “Forrest Gump”? Es un film lleno de símbolos representados por personajes interesantísimos: el buenazo, obediente y afortunado Forrest; la atormentada y después reconciliada Jenny; mamá Gump capaz de todo (¡de todo!) con tal que su vástago asegure un buen futuro a pesar de sus limitaciones; Bubba el conocedor de su meta en la vida (sin pensar si el destino tiene otros planes); y del que quiero contarte: el teniente Dan.
El teniente Dan está en la guerra de Vietnam donde conoce a Forrest. Está con la convicción y certeza de que ahí va a morir. En su familia hay un varón muerto en cada guerra que ha librado su país. Él no puede ser diferente. Tiene el destino decidido.
Son atacados sorpresivamente. Trata de poner a todos sus hombres a salvo. Su pelotón no debe seguir su infausto destino pero el ataque es mortal. Forrest, como se le ha indicado, corre tanto que se pone a salvo. Hasta qué se da cuenta que su amigo Bubba quedo atrás. Regresa por él pero no lo encuentra pero si a otro compañero. Lo salva. Regresa. Se repite una y otra vez. En algún momento es herido superficialmente y sin embargo continúa buscando. Cuando encuentra a Bubba sólo es para verlo en sus últimos momentos.
A uno de los que salva es al teniente Dan. Él se resiste a ser salvado. Él debe morir ahí. Forrest ve que está muy mal herido y no lo va a dejar ahí.
Ya en el hospital y fuera de peligro el teniente Dan está perplejo, frustrado y muy enojado; no pudo cumplir con su destino ni con su deber y lo que es muchísimo peor; perdió sus piernas.
Debió haber muerto pero Forrest lo impidió. Le reclama. Forrest no entiende ni atiende su molestia. Se convierte en el blanco de su frustración.
Después de algún tiempo a Forrest le otorgan una medalla por lo heroico de su acto. Él la recibe y la agradece pero no la entiende: sólo hizo lo que tenía que hacer.
Pero por ese reconocimiento el teniente Dan va en su busca para burlarse de él, para reclamarle, para hacerle ver lo injusto de la situación, para decirle lo equivocado de la decisión del Congreso al otorgar ese reconocimiento a alguien como el limitado Forrest Gump.
Sin embargo, quiere involucrar a Forrest en su propio y desorientado modo de vivir. Es inútil. Pero alcanza a ver lo absurdo de su propia situación. Sólo mal vive de lo que el gobierno le da como pensión. No hace más nada, no tiene planes, no tiene futuro y lo peor es que ni siquiera tiene presente.
Forrest, en cambio, si tiene planes. Debe cumplir el sueño que Bubba tuvo a bien compartir con él e invitarlo: tener un barco camaronero. El teniente Dan se burla y con sorna le dice a Forrest que si alguna vez llegará a tener un barco hasta sería su segundo a bordo.
Pero Forrest lo logra. Tiene su barco pero no pesca nada a pesar de su constancia, de las lecciones de Bubba y de la solicitud de ayuda divina.
Un día el teniente Dan va en su busca y le dice que va a trabajar con él pero que no se le ocurra que le va a decir “capitán” (¡cómo su antigüo subordinado ahora va a ser su superior!). Forrest no tiene esos problemas. Pero la mala racha sigue y no pescan nada. Sólo infortunios.
El teniente Dan sigue con rencor, tristeza y desconcierto. Espera que la ironía, la sorna y el alcohol le hagan sentirse mejor, pero no sucede.
Otro día de mala pesca y se burla de Forrest: “¿Dónde está tu Dios?” cuestiona. Forrest piensa: “Es curioso que preguntara eso, porque en ese momento Dios apareció”.
Se desata una tormenta de proporciones bíblicas. Vemos a Forrest tratando de hacer lo posible por el barco y cree que el teniente Dan ya enloqueció porque está en lo más alto del mástil descargando en maldiciones, groserías y reclamos todo su rencor hacia Dios, o hacia la vida o hacia él mismo.
Después, como siempre, llega la calma. El teniente Dan y Forrest contemplan el mar en calma y un maravilloso atardecer.
El teniente Dan está muy tranquilo, en paz y dice: “Forrest. Nunca te agradecí por haberme salvado. Gracias”.
Se tira al mar y se va nadando plácidamente hacia la puesta de sol.
Ya se reconcilió con Dios, o con la vida, o con él mismo.
A partir de ese momento su vida cambia a su favor.

Sigue avanzando

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“No vas a creer esto: tú cabías en mi mano y te levantaba y le decía a tu mamá ‘este niño va a ser el mejor niño del mundo, este niño será mejor que cualquiera que se haya conocido’.
Y creciste bueno y maravilloso. Fue grandioso verte crecer todos los días, fue como un privilegio.
Cuando te llego el momento de ser hombre e irte al mundo; lo hiciste.
Pero algo ocurrió en el camino y cambiaste; dejaste de ser tú. Dejaste que la gente te apuntara a la cara y dijera que no eras bueno.
Y ahora cuando las cosas van mal buscas a alguien a quien culpar, como si fueras una gran sombra.
Te dire algo que ya sabes: el mundo no es de arcoiris y amaneceres. En realidad es un lugar malo y terrible. Y no le importa lo rudo que seas, te golpeará y te golpeará y te pondrá de rodillas y sometido y ahí te dejará si se lo permites.
Recuerda: ni tú, ni yo, ni nadie golpea tan fuerte como la vida.
Porque no importa lo fuerte que golpeas, importa lo fuerte que te golpean y sigues avanzando. Importa lo mucho que puedas resistir, y seguir adelante ¡de eso se trata la vida! ¡Eso es lo que hacen los ganadores!
Ahora, si sabes lo que vales ¡ve y consíguelo! Pero tendrás que soportar los golpes y no apuntar con el dedo y decir que eres lo que eres por culpa de ese, de aquel, o del otro ¡Eso lo hacen los cobardes! ¡Y tú no eres un cobarde! ¡Tu eres mejor que eso!
Siempre voy a amarte sin importar nada. Sin importar lo que pase. Eres mi hijo. Eres mi sangre. Eres lo mejor de mi vida. Pero mientras no comiences a creer en ti mismo no podrás tener una vida.
No olvides visitar a tu mamá”.

De la película “Rocky Balboa”

Cuentos que curan

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Dicen que una vez, en un país cercano, acudió a un hospital un niño muy preocupado.

“¿Y por qué estás aquí?” Preguntó el doctor “¿Puedo hacer algo por ti?”

“¡Estoy seguro que sí!” contestó el niño con gran frenesí.

“Pues ¿qué puedo hacer?, cuál es el problema debo yo saber”.

“No he escuchado un cuento, en ningún momento”.

“Es imposible cariño” dijo el doctor al niño

“No he escuchado ni un cuento, juro que no miento”.

“¿De príncipes enamorados o sapos encantados?”

El niño callaba, nada contestaba.

“¿De bellas princesas o hadas traviesas?”

El niño callaba, nada contestaba.

“Para este malestar, no se bien que recetar”

Mirando al doctor muy fijo, el niño muy fuerte dijo:

“Se que además de doctor, es Ud. Un gran lector”

“¡Pues vaya tienes razón, ya encontré la solución!”

“¡Este es un problema grave, enfermera tráigame la llave!”

La enfermera presurosa, le dio la llave maravillosa

Con un poco de temor, miró el niño al doctor

“¿Tiene una llave que cura, como lo hace una vacuna?”

“¿Y qué debería hacer, como remedio beber?”

“¡Pero qué idea tan loca! Haremos ya otra cosa

Pasaremos una puerta que dejaremos abierta”

“¿La sala de operaciones? Tengo miedos a montones”

“Se trata de otro lugar, que también te va a curar”

Mi biblioteca abriré y sus libros te prestaré”

“Leerás hasta cansarte, y así lograré curarte

Pondré a tu disposición, mi valiosa colección”.

El niño entró de su mano y quedó maravillado

El mundo de la lectura, muchos malestares cura

Y el niño así fue feliz, sin comer ni una perdiz

Y colorín colorado, el pequeño fue curado.

Cuentos que curan
Liana Castello

Comparte tu luz

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Cierta vez en un pueblo lejano, hace muchisimos años, vivía un hombre muy pero muy anciano. El paso de los años le había ido quitando algunas cosas, como su agilidad, su destreza con las manos y la vista, pero le había ido acercando otras, como por ejemplo una gran sabiduría.

Había vivido en ese pueblo desde siempre y a nadie extrañaba la seguridad con la que se movía de aquí para allá sin necesidad de lazarillo ni de acompañante.

Por eso, aquella oscura noche sin luna a todos sorprendió verlo paseando por las calles del pueblo llevando con él una lámpara encendida.

-Issuf…-le dijo el vigilante al verlo pasar-. Tú conoces esta calle mejor que nadie y, además, lamentablemente estás ciego. ¿ Qué haces caminando a estas horas llevando esa luz?.

-No llevo la lámpara para ver dónde voy –dijo el anciano-, conozco esta calle milímetro a milímetro, la he recorrido casi cada día durante los últimos cien años. Pero me han contado que la noche está oscura, y los que no conocen tanto el pueblo posiblemente necesiten ver para no tropezar. Llevo la luz conmigo para hacer un poco más fácil y más seguro el camino de ellos, no para alumbrar el mío.

La luz
Jorge Bucay.

Imparable

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Siempre ten presente que la piel se arruga, el pelo se vuelve blanco, los días se convierten en años…

Pero lo importante no cambia; tu fuerza y tu convicción no tienen edad.

Tu espíritu es el plumero de cualquier tela de araña.

Detrás de cada línea de llegada, hay una de partida.

Detrás de cada logro, hay otro desafío.

Mientras estés viva, siéntete viva.

Si extrañas lo que hacías, vuelve a hacerlo.

No vivas de fotos amarillas.

Sigue aunque todos esperen que abandones.

No dejes que se oxide el hierro que hay en ti.

Haz que en vez de lástima, te tengan respeto.

Cuando por los años no puedas correr, trota.

Cuando no puedas trotar, camina.

Cuando no puedas caminar, usa el bastón.

¡Pero nunca te detengas!

Madre Teresa de Calcuta

Al borde de la separación

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Una pareja al borde de la separación con particularidades en su relación que te van a interesar.
Primero, cómo se conocen. Segundo, cómo se desconocen. Tercero, cómo se reencuentran y, por último, cómo lo solucionan.
Se conocen y tienen una deliciosa diferencia de ver el mundo y por ello se complementan tan bien.
La diferencia que alguna vez les unió con el tiempo se convierte en una pesada losa en la espalda de cada uno al grado de que no hay terapeuta de pareja que les pueda ayudar.
La rutina afecta a la memoria de cada uno de forma tal que se les olvida que el camino es lo importante y no la meta. Y esos pequeños detalles que deberían alimentar a la relación se dejan fuera de la conciencia para dar cabida a un sordo rencor que les carcome y no saben por qué.
Sin embargo, el afecto existe pero no saben darle lugar en una relación donde las discusiones, las culpas ajenas y las certezas tienen ganado el terreno. Tratan de recuperar la relación de muchas maneras y no tienen éxito.
Es curioso como a lo largo de su búsqueda de la relación que una vez tuvieron tienen mensajes de qué es lo que les podría ayudar pero están tan ensimismados en su batalla campal que no las atienden porque no pueden y porque no quieren.
El aspecto fundamental de la recuperación de la relación se da en dos momentos: cuando tienen la capacidad de verse a sí mismos y cuando aceptan a la otra persona como es y le encuentran el gusto a esa diferencia. Tal como sucedió cuando se conocieron y se enamoraron.
¿Te interesa la historia? Puedes ser testigo directo de esta relación a través del film “Story of us” de Rob Reiner (1999) protagonizada por Bruce Willis y Michelle Pfeiffer

Somos historias

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“Somos voces en un coro que transforma la vida vivida en vida narrada y después devuelve la narración a la vida, no para reflejar la vida sino más bien para agregarle algo; no una copia, sino una nueva dimensión; para agregar con cada novela algo nuevo, algo más a la vida”.

Carlos Fuentes